Un consejo para crear rituales con psicofármacos

Algunos psicofármacos deberían usarse en nuestras ceremonias sociales, en nuestros ritos. Qué diferentes serían los funerales si comenzaran con un tentempié de valiums y lexatines ofrecidos en pastilleros ornamentales, con la vajilla de las grandes ocasiones. ¿O por qué no una oficiar una fiestecita el día en que comenzamos a tomar antidepresivos? ¿No se hacen ceremonias por cosas que modifican menos tu humor, como cambiar de piso o casarte?

Se me ocurre (quizás me lo invente) que las viejas sociedades ritualizaban más la curación porque habían de encomendarse a Dios. Pero en estos tiempos seculares, ¿cambiaría a mejor nuestra relación con la enfermedad si inventáramos ritos más elaborados para comenzar o finalizar un tratamiento médico? ¿Tan loco sería que una comitiva de cánticos y ofrendas te acompañara en tu primera visita a la quimioterapia?

La medicina moderna nos ha inoculado su asespsia científica, el pragmatismo sieso con que los saturados servicios sanitarios expiden nuestras curas. Nos despachan en entornos en los que cualquier nuevo folclore, cualquier adorno cultural, cualquier invento de ritualización se vería inmediatamente ridiculizado y coartado.

Qué pena. Los rituales son tan bellos como útiles para la humanidad. Y los estamos perdiendo según nos deshacemos de las creencias primitivas que los propiciaron. Dice el filósofo koreano Byung-Chul Han que los rituales “transforman el «estar en el mundo» en un «estar en casa». Hacen del mundo un lugar fiable. Son en el tiempo lo que una vivienda es en el espacio. Hacen habitable el tiempo. Es más, hacen que se pueda celebrar el tiempo”.

Por todo ello hoy he decidido celebrar hoy un pequeño ritual.

Sí, por un acontecimiento médico.

Abandono definitivamente el Noctalmid, un potente somnífero que he usado durante dos años cada noche.

Le pediré a Apolonia que me acompañe, que me coja de la mano frente al contenedor de reciclado de vidrio. Entonces sacaré y sostendré entre mis manos mi último frasquito vacío de Noctalmid. Y antes de arrojarlo al inframundo, buscaré el sol del atardecer entre la boina de contaminación y lanzaré esta elegía:

Notalmid, mi fiel droga, hoy ha llegado la hora del adiós.

Porque todas las drogas, en su caricia de nuestras almas, en su casi sagrada, angélica y santificada misión de aliviar nuestro dolor, son veneno.

Nuestro mejor veneno, nuestro veneno de alcoba, nuestro veneno casi de la familia de tanto que las queremos, pero veneno, aún desde el amor, veneno.

Hoy vengo a despedir para siempre al Noctalmid, el más dulce regazo venenoso en el que reposó mi cabeza en las noches de los últimos dos años. Porque ya ha perdido lo único que salva a un veneno, que es ser, también, antídoto.

Así pues, hora de lanzar el frasquito por el agujero al contenedor de vidrio, hora de tomar fuerte la mano de Apolonia, y dedicar un pensamiento final de gratitud. Se da ya por concluida la ceremonia.

Hora seguir caminando, aún emocionado, pero en paz, como siempre queda un hombre cuando cumple con su ritual.

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