La vida de no pensar es lo que echo de menos pensando muy fuerte

Soy una persona profunda. Y ser profundo me lleva a profundizar. Profundizar me lleva a caer. El agujero que abres con el ingenio siempre lo abres bajo tus pies.

Se supone que los hombres, al revés que los calamares gigantes, no fuimos hechos para la profundidad. Pero algunos profundizamos. En otras palabras, y sin exagerar demasiado, cavamos nuestra propia tumba. Pues no es casualidad que los más profundos sean los muertos. Ni que la muerte siempre acabe enterrada. Porque la muerte es profunda. ¡Qué va a ser la muerte si no!

En cambio, la vida es superficie. Somos animales de superficie. Por eso quiero algo que me devuelva a la superficie. Algo que no serán estas palabras, que, mal que me pese, son profundas. Cómo no van a pesar mal, si son profundas. No, yo quiero algo que me lleve a la superficie. Que me enseñen a disfrutar de un cumpleaños infantil. Que me enseñen la banalidad salvadora del bien. Quiero ser un pastor de globos. Eso he dicho: quiero ser un pastor de globos. Quiero ser pachanga. Eso he dicho: quiero ser pachanga.

Quiero que las cosas solo sean bonitas.

Quiero ser una charla que no va a ninguna parte. Pero me mantenga en la superficie, me mantenga en el rebaño.

A veces soy capaz de matar la profundidad. Con drogas. La mato mientras me drogo y luego el cerebro queda tan arrasado que es incapaz de profundizar. Son Días Just Eat. Días SOLO COME. Hallo entonces cierta paz, porque se detiene la máquina del ingenio. Y me convierto en un corcho que flota en las aguas de lo que no importa.

¿No es paradójico que lo que nos mantiene a flote sea lo que no importa y lo que importa demasiado sea lo que nos hunda?

Los que profundizamos lo sabemos bien. Sabemos bien porque el infierno está abajo, y el cielo arriba.

Y al cielo no van los profundos. ¡Como van a ir los profundos al cielo! ¿Por dónde, loco? ¿Por donde suben al cielo si no paran de bajar?

Pero eso quiero ser yo un pastor de globos.

Uno rojo, uno verde, uno azul. Pum.

A veces, decía, la resaca me deja como un corcho que flota en un barreño. Así de ligero e irrelevante. Y Dios, es un descanso que se detenga el ingenio minero de profundizar. Es un descanso vivir en el aire puro de la nada. Vivir en la nada con el mismo ánimo con el que un sol amarillo pintado por un niño vive en un cielo azul pintado por un niño sobre un verde prado pintado por un niño.

La vida plastidecor, en tintas planas, de trazos limpios y básicos, la vida de mínimos. La vida de no pensar es lo que echo de menos pensando muy fuerte.

Y así, al final, pensando en lo superficial, me hundo de nuevo.

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