Guía completa para caminar lento

Me están enseñando a caminar lento, muy lento, cuando yo siempre he caminado rápido, muy rápido. Las personas tienen un ritmo, los lugares tienen un ritmo. Cuando era pequeño venía a Madrid a visitar a mi abuela Elena. Salía a caminar muy rápido por Goya, Alcalá, Doctor Esquerdo, llegaba hasta Colón, hasta Sol, y me volvía a Manuel Becerra. Visitar Madrid también era visitar un ritmo, el ritmo de Madrid, era visitar una velocidad que era la mía, y no como la de Salamanca, mi ciudad natal, donde la muerte por lentitud hace estragos entre los jóvenes.

Madrid te empuja por la espalda con un viento fuerte que convierte sus calles en un maratón. Tres millones de cabezas tiran de su auriga, espoleadas por las sirenas, por los vuelos rasantes de las motos, por la verticalidad de los edificios. Así que, ¿cómo caminar aquí lento? Solo camina lento quien no va a ninguna parte, y Madrid es la capital de los destinos; quien no tiene uno viene aquí a buscarlo, como los castellanos, como los ecuatorianos y demás pueblos del marasmo.

Yo de pequeño venía Madrid a jugar a tener una vida ajetreada. Y años después me fui a vivir a Pekín, la ciudad más rápida del planeta, un auriga de veinte millones que vuela como el carro de Helios a la cabeza de la Historia. Oh, fueron años rápidos, tanto que el alma se me separó del cuerpo, y todavía estoy intentando volver a juntarla. Por eso me he metido ahora en una terapia, a ver si lo soluciono.

Allí me han dicho que tengo que caminar con el talón y la punta del pie. Primero apoyas el talón, luego la punta, y das un paso solemne. Es como un desfile hacia tu salud mental. Cuando lo hago imagino un paso de Semana Santa sobre mi hombro, altos capiteles con volutas de pan de oro cubriendo una talla barroca de mi subconsciente. Camino por Madrid Río al paso; camino tan lento que los viandantes se convierten en estelas de tacones y deportivas de running, y yo me convierto en una reina anciana, en un astronauta a gravedad cero. Los únicos que se me acompasan son los octogenarios.

El octogenario va lento porque ha sufrido la osteoporosis del destino, y la vida le va en cada paso. Mi abuela Elena murió de un mal paso. Un mal paso la precipitó por las escaleras del sótano de una peluquería. Elena es única persona muerta que me acompaña en la vida, la única que se coloca a mi lado de vez en cuando.

Abuelita, a ti que te impresionaba cuando te enseñaba mis expediciones en tu callejero, si me vieras ahora… Ahora paseo lento por Madrid. Quiero que el paso se sirva a si mismo, porque en terapia me están enseñando que la vida debe servirse a si misma. Eso me une a los octogenarios, para quienes sobrevivir un día más es un propósito en si mismo. Pero Madrid me empuja, tendré yo poca personalidad, no lo niego. Tendré yo una mentalidad de manada, pero el rebaño de ñus tira de mí con la fuerza del líder de un pelotón ciclista.

Con suerte, la manada, al tiempo, me pasará de lado. Quedaré libre y a merced de los carnívoros. Madrid, poco a poco, me irá dejando atrás; esa polvareda de tres millones de ñus con sus edificios galopantes se irá perdiendo en el horizonte mientras yo sigo mi camino lento, por campos de la Mancha, hasta que Madrid desaparezca del todo y yo me quede a solas en el campo, caminando pero que muy lento. Allí en los campos de la Mancha también se ve extraño ese lento caminar, casi como de ceremonial suicida, como de Land Art. Pero ya no tengo ninguna presión de manada. Ya puedo caminar lento de verdad, hasta exhalar la última gota de sudor y sentarme a ver cómo anochece.

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