Chulo al manillar

Tengo 41 años y mi principal medio de transporte es la bicicleta de mi madre. Se la regalamos por su 65 cumpleaños. A mi hermana le parecía una tragedia que no hubiera aprendido a montar de niña. Aprender a montar en bici y a nadar cimienta la educación veraniega de cualquier chaval. Al menos, de los de antes, ¿no?

El tema es que mi madre no tenía muchas ganas de romperse los huesos en esa etapa de su vida en que sus células se obstinaban en no regenerarse. Así que dejó pasar unos años prudenciales antes de anunciarnos que la bici había entrado en la categoría oficial de “trasto”. Ahí es cuando me hice con ella. Y ahora la uso todos los días para transportarme por Salamanca.

Mi secreto es conducir mi bicicleta con la misma actitud con la que muchos dueños de coches de gama alta se manejan con sus vehículos, es decir: me creo que la calle es mía. Para ello me amparo en una fe casi fanática en la educación vial, por la que, aparentemente, estoy dispuesto a morir. He decidido educar a Salamanca con mi conducción orgullosa de bicicleta por en medio de la carretera, sin amedrentarme, bien erguido y con la actitud de ciudadano al que no se debe molestar si uno no quiere exponerse a problemas legales o hasta una pequeña posibilidad de darse de hostias.

Como suele pasar con todos los justicieros, a veces mi aguerrida actitud me convierte en el agresor. Me encaro con el autor de la pirula de turno y luego, pensándolo mejor, me doy cuenta de que él tenía razón y yo no. Ese es un día triste para la educación vital; ese es un día en que, en lugar de sumar, he restado para la buena convivencia de la bicicleta en nuestras calles. Me he convertido en aquello que he odiado: un chulo al volante. Bueno, un chulo al manillar.

Casi hasta me alegro de que me la líen. Hoy una mujer ha invadido el carril bici porque iba leyendo mensajes del móvil mientras conducía. Llevaba la ventana abierta y cuando la he rebasado en paralelo le he dicho:

“Perdone, eso que hace es peligroso”

La mujer ha intentado balbucear algo mientras seguía leyendo sus mensajes y conduciendo a la vez, pero la sobrecarga del sistema no le ha permitido articular frase alguna. Yo he pasado las siguientes tres horas rememorando en bucle mi ajusticiamiento.

No sé si quiero darme de hostias por mis derechos de ciclista. Posiblemente sí. A veces temo que un conductor responda a mi desafío pasándome por encima. Que me asesinen por chulo al manillar. Me veo debajo de las ruedas de un suburban híbrido, porque hice perder los estribos a un hombre de mi edad preocupado por el calentamiento global. Luego el buen señor ya caería en que no había sido para tanto, pero yo ya habría quedado lisiado, con el único consuelo de sacarle la lana a su seguro a terceros.