El cielo comienza exactamente (¡exactamente!) donde termina el suelo

Nosotros no somos seres de la tierra. Somos seres de cielo. Eso le leí una vez a un especialista en lo terrestre, no entendido aquí como lo planetario sino como lo subterráneo, lo propiamente terrícola, que es lo que vive en la tierra, total o parcialmente. Por ejemplo: un árbol. Por ejemplo: todas las plantas con raíces.

Nosotros solo mantenemos las plantas de los pies en contacto con la tierra. En todo lo demás somos pájaros: seres de aire por los tres costados.

Curioso porque no conozco a nadie que se crea celeste; todo el mundo se tiene por terrenal, sobre todo hoy en día, que está mal visto hablar con Dios. No, en nuestra época tenemos los pies bien plantados en la tierra. Pero resulta que es lo único que tenemos plantado en la tierra: manos, cabeza, tronco, todo lo demás fluctúa en el aire. Y de hecho, decir plantados es una exageración. Si no, pregúnteselo a una planta.

Pero tanto repiten algunos que se deben tener los pies en la tierra que casi se diría que les gustaría estar plantados hasta las rodillas o los pezones. Así, el colmo de la madurez sería enraizarse hasta el tronco. ¿Por qué conformarse con tener los pies en la tierra cuando uno puede estar semienterrado en prudencia?

Pero da igual como se pongan, que somos seres de cielo, he dicho. Porque el cielo no comienza donde termina nuestra coronilla; el cielo comienza exactamente (¡exactamente!) donde termina el suelo. Los cordones de tus zapatos están en el cielo tanto como la cumbre del Everest o los vuelos trasoceánicos. No digamos ya tu pelvis, no digamos ya tu bigote.

¿A dónde nos lleva esta toma de conciencia sobre nuestra naturaleza celeste? Pues yo espero que al idealismo. A que tener la cabeza llena de pájaros pase a ser un elogio. ¿Pero donde van a estar los pájaros si no en la cabeza, que está en todo el medio del cielo? Así es; tu cabeza está en todo el medio del cielo igual que una difunta torre gemela. Y esas nieblas que nos envuelven de vez en cuando, ¿a que nos llevan sino a estar en las nubes? Eso no les pasa a los verdaderos habitantes de la tierra, seres ciegos, puro rizoma, tuneladores de un mundo que aborrecemos: el mundo del túnel. La claustrofobia que nos dan los subterráneos no son más que las señales incorporadas en nuestros sistemas de vuelo. ¡Peligro tierra! ¡Salga inmediatamente a la superficie! ¡Nos hundimos! Que somos seres de cielo te digo. De nada.