El brilli brilli del gender fluid

A lo mejor habéis visto Euforia y entonces seguro que recordáis a Jules Vaughn, la chica trasgénero amiga de la prota, súper guapa y maravillosa criatura con el corazón y los párpados tan rebosantes de brilli brilli como la cola de un unicornio.

Menos probable, pero no imposible, es que también hayáis visto Día de gallos, la primera serie argentina para la HBO, que va sobre unos adolescentes que rapean en competiciones de improvisación. Entonces puede que también os hayáis encariñado con otro personaje, Andy, un chaval gender fluid que derrocha carisma y rollito a lo David Bowie por los cuatro costados.

Y si no lo conocéis, no pasa nada. Solo confiad en mí cuando os digo que veo en ambos personajes un patrón de cómo la cultura popular está elaborando una nueva categoría de ser humano a partir de los no binarios, es decir: “personas que asumen una identidad de género que se halla fuera del binarismo de género, dado que su identidad autodesignada no se percibe totalmente masculina o femenina” (Wikipedia).

¿Cual es la diferencia entre una chica transgénero y un chique gender fluid? Pues algunas hay, pero del modo en que Euforia y Día de gallos los presentan casi ninguna: ambos se desvelan unos superdotados de la estética, con estilismos que marcan tendencia; ambos provienen de familias de clase media alta; ambos son carismáticos; ambos son híper-emocionales e híper-sensitivos; ambos son tan atractivos que provocan crush por donde pasan.

Así que la cultura de masas de nuevo fabricando estereotipos ideales. ¡Menuda novedad! diréis. Efectivamente: ninguna. Solo que aquí merece la pena pararse un poco porque estos estereotipos se están vendiendo como emancipadores, empoderadores, de las identidades de género de las nuevas generaciones.

A ver, que no binarios protagonicen series tan top en HBO y Netflix sigue siendo una buena noticia para la humanidad. Hay una escena en que Andy (Días de gallos) intenta besar al prota más sexualmente tradicional y este, en lugar de darle una hostia, se queda abrazado a él en su camita, en plan, no me gustan los chicos pero te quiero bro. Esa escena vale oro como educación antifóbica. Hay millones de espectadores poco sofisticados que pueden encontrar una pauta de conducta decente en el rechazo amoroso de este machote a su amigue no binario.

Pero también es cierto que otros espectadores más avezados, ejem, a lo mejor también se quedan un poco preocupados al ver lo rápido que la cultura popular está fabricando una nueva categoría de ser humano, bastante cerrada y por tanto excluyente, en torno al no binario. Y es que es innegable que esté cliché influirá en la definición de la identidad de gente que lo tomará como modelo, necesitados como estamos todos de ser comprendidos en nuestras opciones vitales.

Porque para que te respeten en esta sociedad tienen que comprenderte. Y para comprenderte tienen que clasificarte.

Pero, al final, cualquier categoría es una cárcel de la identidad. Porque ya no luchamos por ser nosotros mismos, sino por crear y pertenecer a categorías reconocibles. Interiorizamos que ser comprendidos por la sociedad pasa por ser fácilmente categorizables, volverse casi icónicos, como Andy y Jules. Porque la sociedad tolera mal a los no mayoritarios. Pero si algo tolera peor es a los inclasificables.

Hemos ganando respecto a épocas más brutales, claro. Mucha más gente se está mostrando más dispuesta a comprender (y comprenderse a si misma), aunque para ello haya que ponérselo fácil y crear una categoría no binaria facilita y divertida. Lo malo es que nuestra época inocula sus propias miserias en el proceso. Y la categoría Andy/Jules no nace del idealismo sino con todas las deformidades que provoca su matriz, que son los entornos del capitalismo de la atención: Instagram, Netflix, etc.

Tanto los que crean su identidad personal en TikTok como los que crean personajes para HBO operan bajo la misma presión: la de tener que simplificar y fascinar para entretener, no sea que su followers o espectadores se marchen en busca de otro contenido (es decir, otro ser humano o personaje, aquí conceptos intercambiables) más fácil, más estimulante, menos de pensar.

Que sí, que hay progreso en personajes como Jules de Euforia, o Andy de Días de Gallos. Pero ya había un lugar aceptado para la ambigüedad de género espectacular, sexualizada y talentosa, siempre y cuando se mantuviera dentro de los escenarios y/o la nocturnidad. Series como esta logran ampliar su permiso para ejercerla más allá de esos márgenes, eso sí, solo mientras sea brillando, metafórica ¡y literalmente!

Por ello puede que la conveniencia de encarnar el estereotipo también se convierta en un nuevo armario para gente no binaria, que se ve abocada a arroparse en esos códigos tan teatrales y brillantes para ser aceptados. En el momento de mayor honestidad de la serie, al final de la temporada, Andy le confiesa a una amiga trans activista: “Toda mi vida tuve que hacer como un circo para que me respeten. Y para eso me construí un personaje, que sé representar a la perfección. Pero… En realidad no sé quién soy”.

Bien por ese arreón de sinceridad. A mí me inspira mucho la gente capaz de enfrentarse al chaparrón de prejuicios sin un kit de identidad descargado de Internet. Ellas/ellos/elles mantienen la antorcha de la diversidad con mayúsculas, aquella para la que nunca habrá banderas suficientes, porque su humanidad es apátrida, bastarda, asilvestrada, indomable y resistente a la presión social en su último formato, que es hoy la del capitalismo de la atención.