En los bares ganar es de mala educación

Son las tres de la mañana cuando llegamos de viaje. En El Cairo, el bar de abajo, la trapa está medio echar. Dentro quedan algunos amigos tomando la última. Antes de que entremos en el portal sale una chica con su perro, que va mordiendo una pelota con cara de poco sueño. La chica se despide de los que quedan, con un cariño de poca intensidad, con un tono que imprime a las palabras el mensaje de que la despedida no es para tanto, de que mañana será otro día tan normal como el de hoy. Su despedida celebra la confianza más que la amistad. Somos importantes porque estamos aquí. Porque estuvimos aquí. Y todo hace pensar que seguiremos aquí. Ni más ni menos.

Vivan las últimas copas en los bares a medio cerrar, cuando el amigo camarero apaga la máquina de tabaco y va tirando los pinchos sobrantes a la basura, mientras los clientes de confianza apuran conversaciones de ida y vuelta, hechas para cerrarse en su punto de partida, como rutas circulares, como los capítulos de los Simpson, sin ganadores, que aquí ganar es de mala educación.

En los pisos aledaños, en los últimos televisores encendidos, las películas también van cerrando sus tramas y los protagonistas van encontrando su final. El amor y la muerte resuelven su recorrido ficticio, a buen recaudo tras las pantallas, las pasiones allí encerradas como las fieras de un zoo. El ocio sin consecuencias, el que te permite descansar sin cambiar una sola coma de tu pacto con Dios, zanja su cometido de sábado. Son las tres de la mañana, también para nosotros, los que venimos de viaje, y no sabemos si hemos cambiado o seguimos como en El Cairo. Lo intentamos un poco, no demasiado fuerte. Un poco sí.