Ser rosquilla o ser escritor

En esta vida hay que amoldarse, nos dicen.

Y a mí me vienen a la cabeza panecillos, rosquillas y galletas que en primer lugar fueron masas informes hasta que se las vertió en un molde y perdieron toda su originalidad deforme.

De igual modo nuestras deformidades personales se van perdiendo: la vida es cocerse en diferentes moldes, irse petrificando conforme a las formas en que nos vertemos, o nos vierten, para llegar a ser “algo”.

Ser algo; pues eso necesita la masa deforme para existir: ser madalena, ser rosquilla, ser escritor. Existir es tomar una forma que ya tiene nombre, una forma reconocible en el catálogo de objetos y dedicaciones (como veis sigo oscilando entre la repostería y el existencialismo).

Pero resulta que definirte también te vuelve quebradizo: una rosquilla se rompe con mucha más contundencia que su masa; un plato se rompe con muchísima más rotundidad que la arcilla. Porque un plato roto en mil pedazos ya no es un plato, pero una arcilla rota sigue siendo una arcilla. Las mujeres y los hombres moldeados también son más fáciles de resquebrajar; la vida te moldea y te petrifica en el mismo proceso. Sucede que te atrapa en una forma y una vez ahí, si te rompen ya dejas de ser lo que eres y pasas a no ser nada, nada en lo absoluto.

Ya lo dijo Bruce Lee: be water my friend.

Y de verdad que no sé por qué estoy hablando de Bruce Lee y de rosquillas cuando yo lo que quería era hablar de escritura.

De un un tiempo a esta parte me sobra todo el molde de ser escritor. Las librerías me dan mucho miedo: ya no veo libros sino moldes en los que yo debería verterme, si quiero tener una “forma” de escritor. Podría convertirme en madalena, en rosquilla, en bizcochito, pero para ser un escritor la sociedad dice que tengo que verterme en un libro. Y un libro, pese a la creencia más idealizada, es una forma muy específica y nada libre.

Por eso prefiero darme a la escritura amorfa de este blog y hacer masa de literatura, en lugar de literatura de masas.