Consigue tu cara de alemán en un paso

Daniel Kahneman, premio Nobel de economía, demostró que nuestras pupilas se dilatan cuando realizamos operaciones mentales exigentes. Francamente, me soprende que este descubrimiento no sea ya vox populi, con lo interesados que estamos todos en colarnos en la mente de los otros.

Prueba con tu ser amado: sométele a un interrogatorio sobre los conflictos más complejos de tu relación mientras estudias sus pupilas. Si ves que estas no se expanden lo más mínimo significa que la conversación no le importa una mierda. Es broma. O no.

Dedicamos mucho esfuerzo a escrutar las verdades ocultas tras las palabras y los teatrillos prosódicos que las acompañan. Y mientras escaneamos los microgestos del otro, nos ocupamos de crear nuestra propia máscara de tensiones faciales. A este juego lo solemos llamar simpatía y buena educación.

Y es que la mentira tiene muy mala prensa, pero mucho peor la tiene la honestidad brutal. Sin ciertos niveles de hipocresía nuestra sociedad se desmoronaría. Cualquiera que haya sufrido a alguien que va “con la verdad por delante” ya se imaginará el horror de una sociedad en que no nos permitiéramos mentirnos a la cara.

Yo me he hecho una idea de algo aproximado viajando este verano por el norte de Alemania. A diferencia de los sureños, muchos alemanes norteños no creen necesario tensar sus músculos faciales para ofrecer un gesto simpático al mundo. Si quieres ver cómo funciona vete frente al espejo y relaja, destensiona, todos los músculos de tu rostro, hasta que la piel te caiga como derretida. ¿A que se te ha quedado cara de alemán? No son ellos, sino nosotros, los que vivimos en constante tensión, pero para mantener un rictus de simpatía. Hasta las pupilas se nos deben dilatar dilatar del esfuerzo.