Fanático, una serie que venden como si tuviera mensaje y solo es entretenimiento.

Las series se han convertido en los contadores de historias más populares de nuestro momento, y a veces logran alcanzar una calidad cultural como la de cualquier obra de arte de más tradición y prestigio. Otras muchas veces, sin embargo, se quedan en mero entretenimiento.

Este último caso es el de Fanático, un reciente lanzamiento de Netflix que cuenta la historia de un fan de la música urbana que se convierte en estrella de la escena barcelonesa de la noche a la mañana. La serie, más que nada, es una montaña rusa de trepidantes giros al puro estilo Netflix, esta vez tematizada con lo último del mundillo musical.

Sin embargo, en entrevistas y promociones, sus creadores han intentado revestir su producto del prestigio de tener mensaje, de hacer reflexionar a la audiencia. Y los medios se lo han comprado sin apenas alterarles una coma. “Asistimos a una crítica durísima al lado oscuro de la fama” (Nora Cámara, 10 Minutos). “Va a generar preguntas. Lo bueno sería que la vea un chaval que quiere ser famoso, termine la serie y diga ¿quiero ser famoso?” (Lorenzo Ferro, actor protagonista). “El director Roger Gual también confía que la serie provoque que la audiencia se haga preguntas sobre “la necesidad que tenemos los humanos de no pasar inadvertidos y lo obsesionados que estamos con la cultura de la aceptación en redes sociales” (Francesc Puig, La Vanguardia). «Me parece genial la lección moral que se les da a los adolescentes, mostrando que la fama no es un camino de rosas» (Fernando Valdivieso, actor segundario).

Sin embargo, eso de generar preguntas, hacer reflexionar o dar lecciones morales son atributos propios de una narrativa que Fanático no lucha por conseguir. En su obsesión por ser trepidante pierde su oportunidad de desarrollar con profundidad la premisa de la que parte. Los temas que dice tratar de fondo al final solo le sirven para alimentar la fórmula Netflix de giros dramáticos. Eso sí, con una nueva piel.

Por otra parte, es falso que lo que cuente desvele o deconstruya (como se ha atrevido a titular algún periodista) “el lado oscuro de la fama”. Fanático solo teatraliza mitos viejos sobre la carrera de un artista pop, mitos ya explotadísimos en vídeos y letras de la música urbana, un genero obsesivamente autorreferencial que hace de los tejemanejes de la industria musical uno de sus temas favoritos. En ella todo va de construir un héroe/heroína buscavidas, maestro en la escuela de la vida, que se abre paso en los business artísticos del mismo modo que en la calle y en los trapicheos.

Las lecciones morales no venden: las fantasías sí. Y si los cantantes de rap y música urbana dedican tantas canciones y versos a denunciar el precio de la fama, la fascinanción y el engaño de las redes sociales, a hacer apología a la autodestrucción y todo eso, es precisamente porque es atractivo para una gran audiencia, que consume estos productos para fantasear con vivir éxitos y dramas similares. Es consustancial a la primera juventud el querer participar en aventuras, tanto o más seductoras por su riesgo mortal y su intensidad emocional. Dado que muchos no pueden o no se atreven a vivirlas, lo que les queda son sus escenificaciones.

Así pues, no hay lección moral alguna en Fanático, solo la versión Netflix de un mito que la escena de la música urbana lleva años explotando hasta la saciedad. Un poco de crítica cultural no vendría mal para no comprarles a estas plataformas su discurso promocional sin cambiarles una coma.