Un folclore anti-folclórico para Salamanca

Folclore suele llamarse a aquella cultura popular considerada la genuina expresión de la identidad de una región o un pueblo.

Como tal, puede considerarse una derivación más del mito nacionalista, que propugna que existen unas esencias puras y auténticas de las que emerge la singularidad de una nación, de un pueblo.

Por supuesto, estas creencias solo pueden sostenerse cuando el mito nacionalista sustituye a la visión científica de la historia, que contradice esta sacralización de los orígenes. Los mitos identitarios regionales pretenden emerger de la misma raíz pero son construcciones hechas para cohesionar sociedades en torno a un ideal. La gestión de ese ideal recae, como no, en manos de los poderosos, que pueden así utilizarlo para manipular a quienes se entregan a él. El nacionalismo se parece mucho a la Iglesia en ese sentido.

En Salamanca vivimos inmersos en un relato histórico que vertebra la ciudad en casi todos sus frentes importantes, de la economía a la arquitectura. Este relato dota al patrimonio histórico de una hegemonía absoluta para definir a los salmantinos. Lo nuestro, eso que somos, queda asociado al conjunto monumental del casco histórico y los valores que representa, que son los valores del Antiguo Régimen, claro.

Por eso nunca reconoceríamos como folclore más cultura popular que aquella que sintoniza con esa identidad histórica pre-contemporánea. A los salmantinos nada que huela un mínimo a modernidad puede definirnos culturalmente como sociedad. Y eso tiene ventajas obvias para apuntalar el conservadurismo dominante en la ciudad.

Este tradicionalismo es el enemigo de todos los locales que amamos y vivimos la cultura contemporánea. Para combatirlo yo propongo la creación de un folclore anti-folclórico, anti-tradicionalista, anti-historicista. Impulsemos una reacción radical de reafirmación en la cultura popular que hacemos hoy y ahora, y corresponde a estéticas, técnicas e ideologías del estricto presente. Reivindiquemos como “lo nuestro” aquello que hacemos los que nacimos o nos sentimos de aquí, pero no tiene nada que ver con el invento de la tradición.